Más allá del diagnóstico: Una nueva forma de entender la salud

Durante gran parte del siglo XX, el modelo biomédico fue el paradigma dominante en el ámbito de la salud, tanto en Chile como a nivel global (Soto, Soto y Riquelme, 2021). Este enfoque se caracteriza por una comprensión de la salud centrada exclusivamente en los procesos biológicos, considerando la enfermedad como alteraciones en la estructura o función del cuerpo humano. Bajo este modelo, los sistemas de salud se orientan a identificar causas específicas, como agentes infecciosos, desequilibrios bioquímicos, factores genéticos o exposición a sustancias tóxicas, para luego intervenir directamente sobre ellas mediante tratamientos físicos o farmacológicos.

Uno de los rasgos distintivos del modelo biomédico es que la enfermedad es vista como una objetiva y medible, independiente del contexto en el que la persona vive y se desarrolla. Asimismo, este modelo adopta una lógica lineal de causalidad, en la que se busca identificar una causa única y específica para cada diagnóstico. 

Este modelo ha sido eficaz para el manejo de enfermedades agudas, infecciosas o aquellas con una etiología u origen claramente definido, pero ha mostrado importantes limitaciones frente a condiciones crónicas, multifactoriales o de causas inciertas. En términos de la relación profesional de salud-paciente, este modelo promueve una relación jerárquica y paternalista, donde el personal de salud ocupa un rol de experto que diagnostica y prescribe, mientras que el paciente tiende a ser un receptor pasivo del tratamiento, con escaso reconocimiento de su experiencia subjetiva o de su participación en el proceso de atención (Soto, Soto y Riquelme, 2021).

Por ejemplo, una persona consulta a su médico por un dolor lumbar persistente que ha tenido durante un tiempo. La profesional de salud le indica una radiografía, le prescribe analgésicos y recomienda reposo. Sin embargo, con el paso de los días, la persona deja de tomar el medicamento debido a su alto costo y a que el dolor continúa. Resulta que esta persona trabaja en una oficina, pasa más de 8 horas diarias sentada, tiene altos niveles de estrés laboral y recibe un ingreso bajo, lo que le dificulta acceder al tratamiento. Si bien el medicamento produjo un alivio temporal, no tuvo un impacto sostenido porque no se abordaron factores relevantes como la ergonomía en el trabajo, el estrés laboral o la rutina diaria, que probablemente están influyendo en su malestar. Tampoco se consideró su situación socioeconómica al momento de prescribir el medicamento. En este caso, la persona que consulta recibe poca información, no participa en la toma de decisiones y su experiencia subjetiva no es explorada, lo que contribuye a la persistencia del dolor y a una baja adherencia al tratamiento.

Si bien el enfoque biomédico ha contribuido significativamente al avance de la ciencia médica, también ha sido objeto de críticas por su visión fragmentada y descontextualizada del ser humano. A partir de las décadas de 1970 y 1980, estas críticas comenzaron a ganar fuerza, impulsadas por el auge de la bioética, los movimientos por los derechos de los pacientes y el desarrollo de corrientes que buscaban una medicina más humanizada e integral (Soto, Soto y Riquelme, 2021). De este modo, se abrió el espacio necesario para cambiar hacia un modelo que diera cuenta de la complejidad de la experiencia humana frente a la enfermedad.

Modelo Biopsicosocial

Uno de los principales impulsores de este cambio fue George Engel en 1977 quien propuso el modelo biopsicosocial como una alternativa más comprensiva y humana. Engel argumentaba que el modelo biomédico era insuficiente para abordar muchos aspectos relevantes del cuidado en salud, pues no consideraba elementos fundamentales como la experiencia subjetiva de la persona enferma, su actitud frente a la enfermedad, la percepción social de la condición como tal, ni el entorno cultural y social que influye en su vivencia (Villarreal y Guzmán, 2021; Luken Galván, 2022).

Así, el modelo biopsicosocial surge como un intento por reconocer la complejidad y multidimensionalidad del proceso de salud-enfermedad a partir de un enfoque dinámico, integrador y sistémico donde es central la interrelación de los diversos factores para un adecuado diagnóstico, intervención y tratamiento (García, 2020). Para ello, no solo importan los síntomas biológicos (genética, anatomía, fisiología), sino también los factores psicológicos y sociales que influyen en el desarrollo, presentación y evolución de una enfermedad. Los factores psicológicos incluyen aspectos de personalidad, emociones, pensamientos, intereses, actitudes, conductas, procesos cognitivos, espiritualidad, estrategias de afrontamiento, adaptabilidad, entre otros; y lo social tiene relación con factores del entorno, ya sea familiar, laboral o social, donde son importantes las redes de apoyo con las que cuenta la persona, la clase social, el nivel socioeconómico, la situación familiar, la vivienda, la cultura, etc. (García, 2020).

Lo anterior implica que, aunque el diagnóstico inicial sea el mismo, no existe un caso igual a otro, por lo que no se debe trabajar solamente como una enfermedad sino como una condición de salud y una experiencia  que atraviesa un sujeto, donde es necesario atender dicho malestar de manera contextualizada sugiriendo intervenciones que apunten a las necesidades específicas de la persona (García, 2020). Es fundamental enfocarse en cómo la persona responde a la enfermedad, cómo ha sido su proceso de adaptación y cómo ha integrado esta nueva forma de estar en el mundo a su identidad, lo cual favorece una idea mucho más completa y clara de lo que le ocurre y qué necesita para tener una mejor calidad de vida. 

En ese sentido, si revisamos el ejemplo anterior, pero ahora desde el modelo biopsicosocial, la atención a la persona con dolor lumbar incluiría preguntas sobre distintos ámbitos de su vida. Así, al explorar su situación social y económica, se considera el acceso real que tiene a los medicamentos, lo que permite sugerir alternativas accesibles de menor costo. También se aborda su contexto laboral, identificando que el estrés y su rutina de trabajo son factores que influyen en su dolor. A partir de esta evaluación integral, se le proponen estrategias como ejercicios de espalda, pausas activas durante la jornada laboral y técnicas para manejar el estrés. Estas recomendaciones se discuten entre la profesional de salud y la persona que consulta, elaborando un plan de cuidado conjunto, lo que hace sentir a la persona escuchada y partícipe en su proceso de recuperación. Esto favorece a que la persona se involucre más, comprenda mejor su situación y demuestre una mayor adherencia al tratamiento, mejorando la recuperación a largo plazo.

Importancia para la neuropsicología

La neuropsicología es una disciplina que integra los conocimientos de la neurociencia, el sistema nervioso, y la psicología, entendiendo la mente y el cuerpo como elementos interrelacionados cuyo estudio no debe realizarse de manera aislada. De esta manera, la neuropsicología nos enseña que no es suficiente observar sólo el cerebro, sino también explorar distintos ámbitos en la vida de la persona que consulta. Se trata de cómo la persona vive, siente y enfrenta su situación, siendo cada caso único, por lo que entender su entorno, sus emociones y su historia es clave para acompañar, intervenir y tratar de manera oportuna y situada (García, 2020). Según Oliver Sacks es imprescindible atender los aspectos emocionales de la enfermedad, integrando mente y cuerpo bajo una comprensión holista, de tal modo que un diagnóstico no es el fin de la historia sino el inicio, existiendo una amplia gama de factores que influyen y se integran en la salud de una persona (Guardiola y Baños, 2014). Respecto a la multidimensionalidad de la salud, Sacks (1997) atribuye a William Osler la frase: «No preguntes qué enfermedad tiene una persona, sino a qué persona elige una enfermedad» lo cual significa un intento por mantener y reavivar el lado más humano y romántico de las ciencias, donde cada paciente vive su diagnóstico de manera diferente y por tanto, es impensable tratar de entenderlo e incluso tratarlo sin conocer la experiencia subjetiva que éste trae consigo en cada caso particular. 

Este nuevo modelo favorece un espacio participativo-comunitario al integrar contextos individuales y sociales, lo cual fomenta una mayor inclusión social de personas con alguna discapacidad o en proceso de rehabilitación, donde la persona que consulta pasa a entenderse como usuario activo (INRPAC, s.f) Al no tratarse únicamente de una enfermedad sino de una condición de salud, el usuario toma un rol activo en tanto comprende que sus hábitos y entorno impactan en su bienestar, lo cual promueve una mayor autogestión y participación en su tratamiento. La persona aporta información valiosa para el diagnóstico y tratamiento con su experiencia subjetiva del dolor, y desarrolla herramientas para mejorar sus estilos de vida saludable. Además, el modelo permite una mayor adherencia al tratamiento puesto que al sentirse escuchado y reconocido en su experiencia, el usuario se compromete más con el proceso (Soto, Soto y Riquelme, 2021). Por su parte, cabe centrarse además en las familias y redes de apoyo que tiene la persona, ya que toman un rol central en el proceso (Amigo, 2015). Sobre ello, es importante señalar que hay casos en que la persona no es consciente de su enfermedad, por lo que, para llegar al diagnóstico, sus redes de apoyo toman un rol activo aportando la información necesaria.

En Chile, a partir del 2005 y en el contexto de la Reforma de Salud de Chile, se dio inicio a la implementación de un nuevo modelo de atención con un principal foco en la atención primaria de salud (APS). Este prioriza una mirada integral, promotora y preventiva de los problemas de salud y fortalece la APS. Actualmente aquello constituye el Modelo de Atención Integral de Salud Familiar y Comunitaria (MAIS), el cual se encarga de garantizar una atención centrada en la persona, que considere la integralidad de esta en sus aspectos físicos, sociales y personales, además de la continuidad del cuidado (García-Huidobro et al., 2018).

La fragmentación de la atención muchas veces implica una reducción de la condición de salud de la persona a unos síntomas. Si bien esto puede resultar útil al atender de manera más especializada, si no se consideran los relatos de las personas que vayan más allá del síntoma, como su alimentación, su nivel de descanso, sus relaciones personales, cómo se siente actualmente o sobre otras áreas de su vida, es bastante improbable que se alcance un diagnóstico o tratamiento oportuno. Además, es importante destacar que el modelo biopsicosocial no pretende resolver cada aspecto de la vida de una persona, ya que eso sería poco realista. Sin embargo, sí permite proporcionar herramientas que ayudan al usuario a comprender su capacidad de autogestión y a reconocer su papel activo en el proceso de salud y enfermedad.

Por ejemplo, una persona consulta una evaluación neuropsicológica al presentar dificultades de concentración y olvidos frecuentes en las tareas del hogar. Para un abordaje integral desde la neuropsicología, esta debe tener en cuenta diversos ámbitos de la persona que consulta. En ese sentido, es importante considerar el aspecto emocional, conductual y cognitivo de una persona, para elegir los instrumentos necesarios para una evaluación, valorar su contexto y redes, para ofrecer una intervención ajustada a su condición. Así, a partir de la experiencia subjetiva que relate la persona va a ser posible  identificar que, por ejemplo, duerme menos de cinco horas diarias, vive una sobrecarga laboral significativa y atraviesa un proceso de duelo reciente. Todo esto influye directamente en su capacidad de atención y memoria. Desde el enfoque biopsicosocial, el o la profesional no intenta intervenir en todos los aspectos de la vida de esta persona, pero sí facilita la comprensión sobre cómo distintos factores interactúan y ofrece estrategias concretas, tales como, mejorar la higiene del sueño, gestionar el estrés, y trabajar la autorregulación emocional. Esto no solo favorece un abordaje más completo, sino que también empodera a la persona, al facilitar que reconozca su rol activo en el proceso y que se involucre con mayor compromiso en su recuperación.

Referencias

Amigo, I. (2015). Manual de psicología de la salud. Ediciones Pirámide.

García Hernández, M. d. C. (2020). Propuesta de intervención psicopedagógica en deterioro cognitivo leve basada en el modelo biopsicosocial [Trabajo de máster, Universidad de Valladolid]. Repositorio UVa. http://uvadoc.uva.es/handle/10324/43201

García-Huidobro, D., Barros, X., Quiroz, A., Barría, M., Soto, G., & Vargas, I. (2018). Modelo de atención integral en salud familiar y comunitaria en la atención primaria chilena. Revista Panamericana de Salud Pública, 42, e160. https://doi.org/10.26633/RPSP.2018.160

Guardiola, E., & Baños, J. E. (2014). Oliver Sacks y la neurología literaria. Revista de Neurología, 58(6), 277–283.

Instituto Nacional de Rehabilitación Pedro Aguirre Cerda (INRPAC), (s.f.). Página oficial. Ministerio de Salud. 

Luken Galván, G. A. (2022). Enseñanza del modelo biopsicosocial en las facultades de medicina en México: Estudio descriptivo (Tesis doctoral, Universidad Autónoma de Nuevo León).

Sacks, O. (1997). Un antropólogo en Marte: Siete relatos paradójicos (M. Meneses, Trad.). Anagrama. (Publicado originalmente en 1995)

Soto, L., Soto, J., & Riquelme, F. (2021). Hacia un modelo de atención en salud para el siglo XXI: Breve historia del modelo de atención integrada en Chile. Revista Médica Clínica Las Condes, 32(4), 373-378. https://doi.org/10.1016/j.rmclc.2021.06.001

Villarreal, J. L. A., & Guzmán-Saldaña, R. (2021). Modelo biopsicosocial: De la teoría a la clínica. Educación y Salud. Boletín Científico del Instituto de Ciencias de la Salud de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, 10(19), 101–102. https://doi.org/10.29057/icsa.v10i19.8033